Fuimos con las perras a cazar flores silvestres con la luz rasante del ocaso. Muchas veces encontramos tesoros, maravillas de la visión que la cámara intenta guardar en su red...una mariposa blanca con extraños dibujos posada un segundo en mi mano…un colibrí detenido en el aire justo delante de mi…cuarenta loros yéndose en vuelo vertical de un viejo y seco árbol...una liebre corriendo una sombra…tres caballos distintos corriendo en la cima de la colina que vamos subiendo…una flor, una sola, del color del cielo, pequeña y de nácar sobre un cactus extraño en medio de la enramada seca…una semilla con forma de corazón pendiendo de una invisible tela en el aire entre las ramas…pequeños milagros…diminutas señales del mundo fantástico que nos rodea... lo mejor siempre sucede cuando se agotan las pilas…o tardo tanto en sacar la cámara del estuche, encenderla, enfocar y …ya estoy acostumbrada, me rio de la broma, no me dejo invadir por ninguna tristeza, tengoun pacto conmigo…hace frío de repente…las perras entienden todo, -vamos- les digo,- ya llega el viento que selleva los colores, vamos pronto a la casa, a tomar algún rico te caliente con bizcochitos cubiertos de chocolate!, saltan de alegría, y corremos de regreso, felices, mientras el viento sopla el sol desde el otro lado del horizonte...
Hora de entrar. Hora de bajar la ropa tendida. Hora de encender los fuegos y las luces. Hora de quedarse quieta un rato hasta que los colores huyan y las sombras escondan todo hasta mañana.